- Circulo de Estudios Tercerposicionistas
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lunes, 23 de octubre de 2017

Una Joven Europa, de Dominique Venner.


La victoria americana y soviética de 1945 puso fin a los conflictos entre naciones europeas. La amenaza de los adversarios y de los peligros comunes, una evidente solidaridad de destino en los buenos y malos días, intereses similares han desarrollado el sentimiento de unidad.

Este sentimiento se ve confirmado por la razón. La unidad es indispensable para el futuro de las Naciones Europeas. Han perdido la supremacía de la cantidad; unidad reencontrarían la de la civilización, el genio creador, el poder organizativo y la potencia económica. Divididas, sus territorios están consagrados a la invasión y sus ejércitos a la derrota; unidas constituirían una fuerza invencible.

Aisladas, se convertirán en satélites, con la certeza de caer, como ya parte de ellas ha caído bajo el dominio soviético[1]. La civilización europea sería sistemáticamente combatida y se pondría punto final a la evolución de la humanidad. Unidas tendrán, por el contrario, los medios para imponerse y asegurar su misión civilizadora.

La unidad no puede ser la extensión de los organismos financieros y políticos creados en la posguerra. Tiene por fin extender el poder intencional de la tecnocracia que controla todos los mecanismos. y preservar los privilegios políticos económicos que se disimulan detrás de los anuncios de la democracia. Esas instituciones aportan desde ahora a escala europea y multiplicada los vicios y consignas engendrados por el régimen en cada una de las naciones. En nombre de Europa, el desarrollo de esas instituciones acelera la decadencia.

Unidad no puede significar nivelación. La uniformidad y el cosmopolitismo destruirían Europa. Su unidad se edificará en torno a las realidades nacionales que cada pueblo decide defender: comunidad histórica, cultural original, raíces. Querer limitar Europa a la influencia latina, o la germánica, sería mantener la división, incluso desarrollar una nueva hostilidad. Pero sobre todo, sería negar la realidad europea concretada por Roma y la Edad Media en una fusión de sus dos corrientes: continental y mediterránea.

Imaginar Europa bajo la hegemonía de una Nación sería recomenzar un sueño sangriento del que la historia lleva aún marcas recientes; la diversidad de lenguas y orígenes no es un obstáculo; numerosos estados son multilingües y el Imperio Romano, que edificó la primera unidad europea en el respeto a los pueblos reunidos y sus culturas, se dieron emperadores nacidos tanto en Roma como en la Galia, Iliria o España.

Europa no se limita a la frontera artificial del telón de acero impuesto por los vencedores de 1945[2]. Engloba la totalidad de las naciones y pueblos europeos. Pensar en la unidad es, ante todo, pensar en la liberación de todas las naciones cautivas, de Ucrania a Alemania. El destino de Europa está en el Este; romper las cadenas, abatir la tiranía soviética, rechazar la marea asiática.

Fuera del bloque continental europeo, los pueblos y estados que pertenecen a su civilización forman Occidente. Europa es su alma. Su solidaridad completa se afirmará sobre todo con los centros occidentales de África. Esas posiciones son las bases de una nueva organización del continente africano, cuya suerte está ligada a la de Europa.

En la construcción europea, los pueblos subdesarrollados encontrarán un ejemplo y soluciones a sus propias dificultades. No es limosna lo que necesitan sino organización. Europa posee un cuerpo incomparable de cuadros especializados en cuestiones de ultramar. Ninguna potencia podrá rivalizar con el talento organizativo de esos cuadros respaldados por el despertar del dinamismo europeo. Sacarán a esos pueblos de la miseria y la anarquía, los aproximarán a Occidente.

No serán los acuerdos económicos los que unirán Europa, sino la adhesión de sus pueblos al Nacionalismo. Obstáculos que parecen insuperables son debidos a las estructuras democráticas. Una vez barrido el régimen, estos falsos problemas desaparecerán por si mismos. Es pues evidente que sin revolución no hay unidad europea posible.

El triunfo de la revolución en una Nación de Europa -y Francia es la única que reúne las condiciones requeridas- permitirá una rápida expansión a otras naciones. La unidad de dos naciones desembarazas del régimen desarrollará tal fuerza de seducción, tal dinamismo que los dos viejos sistemas, el telón de acero y las fronteras se hundirán. La primera etapa de la unidad será política y creará de forma evolutiva un solo Estado colegiado. La seguirán otras etapas, militares y económicas. Los movimientos nacionalistas de Europa serán los agentes de esa unidad y el núcleo del futuro orden.

Así la Joven Europa, fundada sobre una misma civilización, un mismo espacio, y un mismo destino, será el centro activo de Occidente y el orden mundial. La juventud de Europa tendrá nuevas catedrales por construir y un nuevo imperio que edificar.

Extraído por CET de "¿Qué es el nacionalismo?".



[1] Debemos recordar que el texto fue escrito en 1962. Sin embargo, el actual contexto que atraviesa Europa es muy similar, debatiéndose entre Estados Unidos por un lado y los nuevos centros de poder en Asía-Pacífico por el otro.
[2] En la actualidad atravesamos una situación similar, tal y como evidencian las relaciones bilaterales entre la Unión Europea y la Federación Rusa, y la pretensión de incluir a la República de Turquía como Estado miembro.